domingo, 3 de abril de 2016

«Sanguinela gens» de Ricardo Azuaje






Se ven tan inocentes, inofensivos, desarraigados y horizontales, supuestamente muertos. Es extraña la sensación cada mañana cuando entramos a recoger leña para la comida del día y nos preparamos a tumbar los primeros árboles, es increíble que allí suceda todo, que cada noche el escándalo se repita y no haya forma de pararlo (o no hubo), pues a pesar de los consejos de los extranjeros, son inevitables las incursiones nocturnas, los animales que nos proveen de carne y grasa solo llegan a los alrededores después de las seis y es a partir de esa hora que tenemos probabilidades de obtener una presa. Es extraña la sensación porque hay una mezcla de miedo con curiosidad, de odio con ansias de ver uno actuando, solo pocos han tenido el privilegio o la desventura de verlos en acción, y después de tal contemplación han quedado como seres desesperados que no comen ni beben, enfermos incurables de un mal que algunos llaman “su aliento sereno”, la mayoría ha muerto, otros esperan la llegada del fin, pero mientras, han contado.
            Cosas vagas, crujidos, un viento que te humedece la cara, una sombra que hace contorsiones, una mole que se levanta, ramas, hojas imposibles cayendo por todas partes, a veces el disparo inútil, y luego.
            Esta madrugada el llanto estalló a dos casas de la mía, Martín salió ayer con su bácula y cartuchos y dijo a los suyos que no temieran, que ya el peligro había desaparecido. Ingenuo él, era mi amigo. La lucha será larga y apenas comienza, él nos lo advirtió, dijo que muchos morirán antes que todo termine, pero pocos escucharon, era tal la euforia, la alegría desatada por su primera acción, una alegría nunca vista en este pueblo, con decirle que por primera vez vi sonreír a hombres que conozco desde niños. Y esta mañana el grupo regresó con un cazador menos, Martín, y no ser el último.
            Los extranjeros se asombran ante la facilidad con que nos sobreponemos a esta tragedia, no comprenden. La explicación es sencilla: ya hace años, una eternidad, que diariamente muere uno, se ha vuelto costumbre el horror, el llanto tan lógico y puntual como el canto de los gallos; además, hay que vivir, no hay mucho tiempo para el luto, todos los días tenemos que ir al bosque a cortar la leña para los fogones y hay que calcular bien la cantidad que se va a sacar porque la madera de este bosque tiene la peculiaridad de que menos de doce horas después de cortada, si no se quemó, entra en descomposición rápidamente y despide un olor repugnante que atrae todo tipo de insectos y pesadillas al poblado, también produce fiebre en los niños. Ahora entiende por qué todas las tardes formamos grandes piras en la plaza central, no es por motivos religiosos, es para deshacemos de la madera sobrante, la que no fue utilizada en las cocinas ni en los hornos donde damos el toque final a las piezas de cerámica que vendemos a los extranjeros incrédulos, como usted.
            Sí, incrédulos, porque ustedes atraviesan el bosque de noche y nunca han perdido a nadie. Pero, claro, nunca se aventuran dentro de él, no se apartan del camino principal y allí no hay peligro ni cacería. Algunos viejos dicen que aunque los extraños entraran en el bosque de noche nada les pasaría, porque la cuestión es con nosotros, como una maldición, un castigo. Absurdo, porque no hemos cometido ningún crimen atroz y todos cumplimos con nuestros deberes cristianos, a pesar de no tener sacerdotes y tener que recorrer más de treinta kilómetros para asistir a misa.
            Lo hemos pensado y discutido muchas veces, quizá los fundadores hubieran podido marcharse, nada los ataba a este sitio, y se quedaron. Nosotros con menos razón podemos irnos, aquí están enterrados los padres, aquí crecimos, conocemos cada pedazo de esta tierra como nuestro cuerpo, y la amamos, estamos atados a ella. Varias familias una vez intentaron alejarse de aquí, con el tiempo fueron volviendo todos, menos uno.
            También lo hemos discutido, pero no tenemos suficiente dinero para comprar la carne afuera, ni para conservarla. Hace tres años metimos reses, pero no son buenos los pastos ni el aire, murieron. Habrá observado que no hay animales domésticos, digo, mamíferos, no hay perros, gatos, cochinos, nada. Hemos traído, es una crueldad, corren la misma suerte que las reses. Aves sí, gallinas, pavos, patos, pero no se puede vivir nada más de pájaros. Está también la pasión por la cacería, una pasión hereditaria, pasas una semana sin cazar y andas nervioso, duermes mal, pierdes el apetito, sientes que el bosque te llama, se te mete en los sueños, en la sangre. Cada hombre va por lo menos una vez por semana, tenemos un sistema de turnos.
            Siempre es uno; si no, hace tiempo hubiera desaparecido nuestra raza. Ese detalle dio empuje a una teoría según la cual era solo uno el enemigo, un ser milenario que diariamente cobra una víctima. Martín creía en ese cuento, por eso salió tan confiado ayer.
            El gobierno se interesó por nuestro caso y envió un pequeño grupo científico, estuvieron aquí dos semanas interrogando, tratando de verificar las muertes (cosa imposible, pues nunca aparecen los cadáveres) y finalmente acamparon dentro del bosque. Al salir nos llamaron a una reunión en la plaza central. No vieron nada anormal, exceptuando el hecho de que la mayoría de los árboles pertenecen a una misma especie y de que hubieran tantos caídos de raíz. Nos dieron el nombre científico y el consejo de poner freno a nuestra imaginación. No explicaron las desapariciones. Un mes más tarde regresó uno de los miembros del grupo y confesó que él sí había visto, pero que calló por miedo a ser calificado de loco por sus colegas; tenía la mirada extraviada y se frotaba las manos continuamente, ya todos conocíamos su destino e identidad. No, murió hace poco.
            Ahora ha llegado él del pueblo vecino, la esperanza. Al principio nadie le creía, iba casa por casa contando que había tenido un sueño donde le fue revelado cómo acabar con la maldición, también anunciaba que moriría pronto y pedía voluntarios que desearan aprender su arte, pues él no podría concluir la lucha y otros tendrían que seguir. Solo tres lo seguimos: Martín, un muchacho de dieciséis años y yo; quedamos dos.
            Penetramos en el bosque a las tres de la tarde; mientras avanzábamos por una pica nos iba enseñando cómo identificar al posible enemigo. Lo primero, descartar los troncos que no tienen raíces, esos están realmente muertos. No dejarse engañar por la apariencia externa, pueden estar cubiertos de hongos, tener un termitero encima, cortes profundos, y sin embargo estar vivos. Mientras nos hablaba íbamos revisando troncos, él descartando con un movimiento de la mano, a veces arrodillándose y pegando la oreja a un tronco.
            Nos salimos de la pica y abrimos camino con los machetes; eran casi las cinco y yo empezaba a dudar de ese hombre que no tenía aspecto de ser normal. Fue cuando lo vimos, acostado sobre una piedra negra, enorme, con raíces de hasta tres metros de altura, un gigante. Le dio varias vueltas antes de arrodillarse y apoyar la oreja en el tronco, luego lo acarició y dijo sonriendo: este puede ser, no estoy seguro, pero pronto sabremos. Sacó de su bolso un pedazo de tela negra y la extendió en el centro del tronco susurrando: aquí te nombro los ojos, todos aquí. Volteó hacia donde nos encontrábamos y dijo que ahora se trataba de engañarlo, de simular la noche; empezó a imitar los ruidos nocturnos mientras se movía lentamente a su alrededor: el canto de las ranas, los grillos, un búho, el viento moviendo las copas de los benignamente vivos, el paso de la luna, el de los cazadores, con una maestría que no habíamos imaginado en él y que difícilmente alcanzaremos.
            Estaba concluyendo la décima vuelta cuando las raíces temblaron, todos dimos un paso atrás asustados, yo estuve a punto de salir corriendo, pero nada más sucedió, el árbol volvió a su inmovilidad aparente. Preguntó la hora, faltaban diez minutos para las seis, habría que esperar a las seis en punto, es el único momento en que son vulnerables. Esperamos en silencio la llegada de la hora y sin darnos cuenta fuimos cayendo en una extraña modorra. Se defiende, dijo él reaccionando de primero, con emanaciones. Faltaban unos minutos y apresurado tomó su bolso y sacó de él una estaca blanca y un martillo con el mango de metal. Colocó la estaca ―que está hecha con el hueso de un animal grande― en la raíz más gruesa y cuando llegó la hora la clavó con un solo golpe de martillo; el árbol tembló en toda su extensión y se escuchó un crujido poderoso. Cuando dijo que todo había terminado nos acercamos, el tronco parecía seguir igual, no tenía ninguna rajadura nueva; entonces nos señaló la estaca y vimos la sangre, goteando sobre la piedra negra.
            No, le estoy hablando de antier, esa noche fue de celebración y ningún grupo salió a cazar, celebración por lo que parece ser el final de una historia y el comienzo de una nueva vida para nuestro pueblo. Ayer en la mañana, después de sacar la leña, fuimos al sitio. El enemigo ya no estaba, desapareció, en el espacio que ocupaba ahora hay unos pequeños helechos, muy bonitos. Anoche salió un grupo y murió Martín. No, usted no lo conoció, era mi amigo, y uno de los tres.
            No sabemos su nombre todavía, no lo ha dicho, solo habla de su sueño y de la necesidad de que otros aprendan su arte, pues él pronto morirá. La gente le ha puesto por apodo el nombre que dieron los científicos al árbol, Sanguinela gens, pienso que es una falta de respeto.
            Sucede algo raro, nadie más se ha propuesto, seguimos siendo dos, un número breve y peligroso; por otra parte, apenas estamos iniciando el aprendizaje, y si él muere antes. Los viejos no lo quieren, sobre todo después de lo de esta mañana, han tomado la actitud de la gente del gobierno; al no ver el cadáver del árbol comenzaron a dudar de la veracidad de nuestra historia y se refieren a él como “Sanguinela, el falso salvador”.
            A mí y al muchacho no nos han dicho nada; que yo sepa, no somos repudiados ni vistos en mala forma, al contrario. Tengo que dejarlo, debo llevar la leña sobrante a la pira y después venir a preparar mi bácula y la linterna. ¿No le dije? Fui invitado a ir con el grupo de caza esta noche, el muchacho también va.
            Sí, una coincidencia.


La carretera, de Nelson Himiob (capítulo 1)


Las colonias

Inquietud




Desde temprano corre el rumor con insistencia. En todos los rostros hay contracciones de inquietud y en algunos se abren grandes ojos lentos bajo los pliegues tenues de las frentes amarillosas. A cada momento se forman grupos que conversan en voz baja, acompañando las palabras con ademanes rápidos.
Alguien dijo que una parte de los ciento ochenta y siete estudiantes que nos encontramos detenidos en Las Colonias, sería destacada con rumbo incierto. El dicho se prendió en la totalidad, usurpando el sosiego de los cerebros. Saltando de boca en boca sufre transformaciones, a veces ventajosas, colmadas de esperanza, y otras alarmantes, matizadas de terror.
La minoría opina que se trata de la libertad de los estudiantes de bachillerato, declarados, por Gómez, irresponsables. Los más optimistas creen que se irán unos cinco o seis compañeros en representación de los detenidos, para conferenciar con el Tirano en su ciudadela de Maracay y la mayoría no cesa de repetir que serán separados, para confinarlos en La Rotunda, los estudiantes más peligrosos, según el pensar de la Dictadura.
Tumbado en mi cama de campaña, con la cabeza apoyada en el hueco de las manos entretejidas sobre la almohada, y mirando fijamente el techo rústico, trabajo con la imaginación.
Hace dos meses me prendieron. Fui introducido junto con nueve compañeros en uno de los calabozos que están en el piso alto del cuartel de policía. Allí permanecimos unas treinta horas, al cabo de las cuales nos hicieron bajar al patio donde encontramos al resto de los universitarios detenidos. Pasaron la lista reglamentaria y luego nos hicieron salir a la calle, uno, a uno. Cuando me tocó mi turno y ya pisando el umbral del recinto, observé que cada compañero se hallaba entre dos soldados y que la tropa se extendía en una sola fila a lo largo de la calle. Yo entré a formar en la mitad de la hilera. Tanto la esquina de San Francisco como la esquina de Las Monjas se encontraban plenas de gente que miraban la escena con ojos de espectador interesado. Sin duda que ninguna compañía de dramas o comedia les hubiese ofrecido un espectáculo más atrayente. La decoración era magnífica: árboles, automóviles solitarios y edificios majestuosos. Los personajes despedían singular interés: un batallón en traje de campaña, numerosos policías y un grupo de estudiantes presos. Y todo auténtico. Por eso las miradas se aguzaban para burlar la distancia y atrapar los menores movimientos del conjunto escénico. Cuando la totalidad de los compañeros se encontraba en la calle. No sé por qué imaginé que hacia falta algo para completar la intensidad del cuadro, y ese algo era la salva de aplausos con que las gentes debían premiar el maravilloso trabajo de los actores.
            Yo quedé entre dos soldados paliduchos que me escudriñaban detenidamente. Procuré disimular mi nerviosidad encendiendo un cigarrillo y mientras lanzaba algunas volutas de humo con aparente calma, observaba el aumento de los espectadores en las esquinas.
            Una fuerte voz me hizo caer el cigarrillo:
            ―¡Atención! ¡Carguen!
            Los soldados, automáticamente, evolucionaron en los máuseres.
            ―Al hombro... arrr!... ¡De frente... marrr!
            Partimos, dirigiéndonos hacia el Sur. De la muchedumbre, estacionada en la esquina de San Francisco brotó un hombre que, deteniéndose a la orilla de la acera, se quitó el sombrero respetuosamente. Era el conserje de la Universidad.
            Al llegar a la esquina de Pajaritos, el compañero que iba delante de mí, dijo:
            ―Vía La Rotunda.
            Yo aprobé en silencio.
            Pero llegamos a La Palma y torcimos a la izquierda. ¿Se habían equivocado quizás? ¿O tal vez, obedeciendo órdenes superiores, nos pasearían por la capital, antes de llevarnos a la cárcel, para demostrarle a los venezolanos que la Dictadura era capaz de violar impunemente, a la vista de todos, las más elementales garantías ciudadanas? Era posible. Mas no estaba dentro del habitual proceder de Gómez. ¿Hacia dónde iríamos, pues? Y el recuerdo del traqueteo de los máuseres a la voz de “¡carguen!”, inició un leve erizamiento en mi piel.
            Era probable que nos condujesen a una plaza y allí agujereasen nuestros pechos con una descarga cerrada.
            Tal pensamiento terrible fue tomando cuerpo en mi imaginación encendida.
            Sí, era casi seguro que nos llevaban a la muerte.
            Y no quedaba otro recurso que esperarla con serenidad.
            Experimenté cierto desprendimiento de la vida causado por una profunda resignación. Y dije al soldado que iba delante de mí, y que constantemente movía el máuser, amenazando estropearme el rostro con la punta del cañón:
            ―Oiga. Aprenda a cargar el máuser. No sea bestia.
            El soldado volvió la cabeza y por sus ojos pequeños cruzó una lucecilla de cólera. Después apresuró el paso, colocándose a una distancia suficiente para no tropezarme con el arma.
            Desde las aceras, una multitud de hombres y muchachos nos veían pasar, y en la caras de unos la palidez se hundía, y en los gestos de los otros se estampaba un asombro contenido.
            El compañero que me precedía en la fila me dijo, en tono bastante elevado, para que lo oyeran todos:
            ―Caray, mi vale; este paseo cívico-militar ha debido ser anunciado en la prensa con un letrero que dijera más o menos: Exhibición gratis de osos jóvenes y circunspectos cazados en la selva de la Universidad. No acercarse a los animalitos que son peligrosos. ¡Cuidado con las uñas!
            Algunos rieron el chiste. Otros miraron a su creador con ojos estupefactos.
            Luego seguimos en silencio. Mientras tanto, la idea del posible fusilamiento se me adentraba cada vez más, enfriándome la espalda con un hilillo de temblor que me corría de la nuca a los pies.
            Al fin cruzamos Los Caobos, tomando la carretera del Este. El pensamiento lúgubre huyó por completo, y cierto sosiego hizo presa de mi mente, haciéndome urdir concepciones optimistas. Así, imaginé que un uno de los pueblecitos cercanos, Chacao probablemente, subiríamos a un tren que nos conduciría a cualquier puerto, de donde saldríamos rumbo al destierro. Semejante idea no tardó en ser desechada al ver que no nos deteníamos en ninguna parte.
            Al llegar la noche entramos a Petare. Dormimos en el cuartel de policía, mojados por el aguacero que nos asaltó en el camino. Muy de mañana continuamos la marcha, que no paró hasta Guarenas, donde nos detuvimos extenuados por la larga distancia recorrida y por el sol intenso que, durante ocho horas, se cernió sobre nuestros cuerpos sudorosos. A los días no completos de descanso, partimos de nuevo, con una noche negra y una llovizna helada.
            Después de mucho andar, trepando cerros babosos, cruzando arroyuelos, saltando peñascos, y tropezándonos a cada momento, entramos a esta vieja casona cuando de la luna solo quedaba una sola puntita que luchaba contra la claridad creciente.
            Los recuerdos, al llegar aquí, son desalojados por la inquietud que, laborando en lo inconsciente, otra vez ha impregnado mi espíritu.
            Y obsesionado por el rumor, cuyo zumbido percibo en la atmósfera, transitan por mi mente los rasgos resaltantes de muchos compañeros ―que serán los destacados, según mi parecer― y experimento cierto gozo en irlos acomodando en una fila rígida, que gira a la derecha o a la izquierda, obedeciendo socarronamente las órdenes de algún oficialillo pálido y la fila se va agrandando, agrandando, y nuevos rostros cansados se alinean y dejan caer sonrisas despreciativas que se hunden en la serenidad espesa del mediodía. Y esa imagen, honda y ténebre. Se va apagando, disolviendo con lentitud, para ceder el puesto a otra, hermosa y fresca, de un árbol robusto, gigantesco, con el tronco hinchado y las hojas muy verdes. Y también el árbol comienza a desvanecerse.
            El sopor me invade, me agobia. Y cuando en mi cerebro todo es bruma, pienso de pronto que tal vez me hagan abandonar este sitio. Entonces, así, con los ojos cerrados, voy construyendo el local que, tenemos por cárcel. La sala, donde estamos treinta y es conocida con el nombre de “Los Capacheros”, por desarrollarse allí continuas reyertas interestudiantiles, dado el carácter un poco agresivo y jacarandoso de casi todos sus ocupantes. El aposento vecino, más pequeño pero más fresco, designado por sus mismos habitantes con un nombre procaz que expresa humildad y tontería, calificativo puesto ex-profeso para molestar a los de la sala. Los cuartos que están al otro lado de la puerta de entrada, donde moran, principalmente, los futuros bachilleres, quienes tienen que soportar con estoicismo los furores religiosos de un compañero místico, rezador de rosarios interminables. Y afuera, en el solar, “La Tienda Roja”, llena hasta desbordar y desordenada como ninguna; “La Bomboniere”, con dos largas hileras de camas pulcras que incitan al sueño; “Mon Bijou”, de lonas muy blancas y de habitantes, en extremo cuidadosos de sus ropas y de sus comodidades, que con las encomiendas que reciben de sus casas forman ágapes exquisitos y silenciosos; y “El Comando”, o sea la cocina de la casa, el sitio más estrecho e inhospitalario que pueda concebirse, donde duermen apretujados cinco o seis.
            Ahora me sumerjo en los menudos hechos sucedidos los días anteriores, y, al revivir los pormenores de algunas escenas, se aleja un poco la somnolencia que me arrastra. Y permanezco lúcido, despierto totalmente, por varios minutos. Hasta que torno a sentir cierta laxitud, mucha pereza para iniciar movimientos.
            Las imágenes, que brotaban claras al principio, se insertan unas en otras, produciéndome una confusión de recuerdos que poco a poco va cediendo, hundiéndose bajo el peso del sueño fuerte, ancho.

Por la autopista anaranjada, de Humberto Mata





para Silvio Arta

Cuando el hombre llegó al pueblo triangular ya el cabello rozaba sus hombros y el silencio era su lenguaje. Apareció una tarde de nubes que tenían el color del plomo, alguien dijo, y caminó por la plaza central, a los lados del árbol multiforme, con la cabeza como si contara los pequeños pozos y las manos blancas, delicadas, ocultas en los bolsillos del pantalón único, abombado, con pliegues al lado de la relojera. Contestó, temeroso, un saludo indiscreto, con un movimiento inconcluso desde el cuello hasta los ojos hundidos y la cara lampiña que alguna vez fue suave y ahora arrastraba las manchas producidas por el sol, los pliegues de una vejez sin edad, de un tiempo indeciso, flotante, y "luego se alejó, por la calle adyacente, hasta perderse en la oscuridad brumosa del atardecer con lluvia. Una música de voces y cuerdas llenó la plaza, los asientos rectangulares, la estatua.

All the lonely people,
where do they all come from?

La señora de la esquina rosada, la que vende alfileres y botones morados y de todos colores, menos azul eléctrico por estética, por dignidad, por recuerdo, lo vio pasar sudoroso, maloliente, repugnante, con el cabello pegajoso que le caía sobre los hombros redondos, la espalda curva y la camisa de cuadros, con mangas hasta las muñecas, que dejaba desnudas unas manos delgadas, huesudas, blancas, de dedos largos que recorrían la melena sucia, brillante en la oscuridad próxima, en el declinar de la tarde uniforme. Ella lo vio desaparecer hacia los sitios mágicos del pueblo, detrás de las últimas calles de barro, silencioso, distante, empapado, mientras se acodaba sobre el concreto saliente de la ventana herrumbrosa, desgastada, de la tienda de quincalla.

Waits at the window, wearing the Cace that she keeps in a jar by the door, who is it for?

Después (algunos opinan desde siempre) la presencia del hombre se transformó en algo normal, repulsivo por el olor a orina pero normal cotidiano: quizás hasta necesario en un pueblo que vive de recuerdos y conmemora batallas. Entonces lo veíamos: en un asiento de la plaza, en los juegos de pelota, en las reuniones nocturnas. Lo observábamos, con indiferencia, con respeto oculto, cuando se sentaba, con su interminable olor a orina, cabizbajo, siempre empapado, con los ojos castaños extrañamente impasibles, casi tan suaves como sus manos sin callos, algunas veces en los asientos rectangulares bajo una lluvia lenta y persistente que le record.aba a la mujer de la esquina rosada (que luego murió por fastidio, ahorcada), la tarde que lo vio pasar descalzo y dirigirse hacia el cementerio y volver el otro día y todos los días desde entonces hasta llegar al banco, enfrente de la estatua, y esperar con los ojos hundidos, silencioso, solitario.

no one come near

Así, en una espera indescriptible, pasaron los años del hombre lampiño, extremadamente delicado, hasta que una mañana, blanca por la niebla blanca, el mismo día que, horas más tarde, en el crepúsculo, descolgaron a la mujer de la quincalla, lo encontraron en la acera de la esquina rosada, temblando sobre el suelo, con los ojos más ausentes que nunca y las facciones rígidas. Alguien, que ahora nadie recuerda pero todos conocen, después de observar al hombre largamente, con curiosidad inusitada, como si acabara de descubrir algo, lo llevó, en un ocho cilindros, por la autopista anaranjada, hasta la ciudad, el hospital blanco, los olores a formol y éter, las caras pálidas siempre esperando. Allí, en la sala rectangular, bajo dos mil voltios convertidos en luz, despojaron al hombre de la camisa de cuadros y el pantalón abombado, y observaron dos senos que caían, como pequeñas gotas en un vidrio vertical, y un sexo receptor, marchito como todo el cuerpo que otra vez esperaba, la espalda sobre la fría camilla, con los ojos hundidos y las manos colgantes hacia el suelo, con un silencio más allá de todo silencio y las uñas largas llenas de tierra. Y no sé por qué en ese momento, al lado de la mujer tendida, recordé una película, un carruaje por una montaña que amanece y unas caras blancas, falsas, de magos y espías.


Publicado en Pieles de leopardo (1978). Monte Ávila Editores, Caracas.

viernes, 18 de marzo de 2016

La fiesta


de David Alizo
publicado en Griterío (1968)



ESTA TARDE, después del colegio, me encontré con Mercedes. Me ha dicho que los muchachos de la esquina caliente están preparando una fiesta en su casa, para el sábado próximo. Me dijo que Juancho anda recogiendo cinco bolos por cabeza para comprar las bebidas y pastelitos (los de Herminia, la de la Avenida Páez, son los mejores) y frutas para hacer una tisana, además de un poco de otras cosas que sean necesarias para la fiesta del sábado próximo. Mercedes anda como loca, para arriba y para abajo, avisándole a todo el mundo; pero si Juancho no cobra los cinco bolívares, la fiesta no va a resultar.
            Yo le pedí a Mercedes que me enseñara la lista de los invitados, no porque me interese
saber quiénes van y quiénes no van, sino porque quiero ver si las “toritas” están en la lista, Marujita especialmente porque la Elsa es como fofa (inconsistente), en cambio Marujita… No es que yo tenga algo en especial contra la Elsa, pero es que siempre es tan asomada, hablando de su papá, de las Selecciones del Reader’s Digest, de ella cuando estaba pequeña que decía perióquido y piscología y otras cosas parecidas a perióquido y piscología. Además, Gustavo Julio me dijo que el domingo pasado había ido por su casa y ella y que le dijo que no podía hablar con él porque estaba oyendo las carreras de caballos con su papá, el señor Toro (también oye los juegos de baseball y el boxeo y la lucha libre cuando la trasmiten por radio), porque el señor Toro siempre anda con el papel del 5 y 6 en la mano, toda la semana, y los sábados cuando uno sale del cine o de una fiesta el señor Toro está pegado a la casilla donde sellan los cuadros, oyendo los últimos datos de última hora, de último momento, porque le parece que si no espera hasta el último momento no va a ganar. Pero yo nunca he oído que el señor Toro ganara alguna vez. Tío Arnoldo  –que es un loco– dice que el 5 y 6 pone ciega a la gente y la vuelve bruta para toda su vida y es en lo único que está de acuerdo con papá o papá con él, porque yo oí que una vez le dijo a mamá que eso era una estupidez y tío Arnoldo agregó algo como alineados (no exactamente alineados; él dijo: solo juegan los alienados).
            Mercedes me dijo que no cargaba la lista.
            —Pedíselá a Juancho —ha dicho, y me dejó porque andaba apurada con no sé qué lío de una torta y su hermano.
            Yo salí disparado inmediatamente para la esquina caliente. Luis estaba con Gustavo Julio y con El Perico y con Elio. Eran las cinco de la tarde.
            —Vi a Mercedes —dije por decir algo o por decir algo para ver qué me contestaban. Pero se me acercó Luis ronroneando como un gato bravo.
            —Dejá los chistecitos —me dijo, y se me acercó, creo, no con muy buenas intenciones—. La Ramírez es asunto mío.
            Elio me miró y dio un paso hacia nosotros y comenzó a contamos lo del hermano de Mercedes con la torta de cumpleaños, y aunque la cosa es para reírse no deja de ser lamentable, porque si la mamá de Mercedes se enfurece creo que no habrá fiesta, por lo menos este sábado. Elio dijo que a Mercedes le había encargado su mamá ir a buscar una torta donde las señoritas reposteras que viven al lado del Edificio Suerte, donde está la farmacia del papá de Esteban; pero como ella anda como loca con la fiesta del sábado próximo, para arriba y para abajo, avisándole a todo el mundo, como para simplificarle el trabajo a Juancho (o no para simplificarle el trabajo porque alguien tiene que avisarle a las muchachas e invitarlas como debe ser), mandó al hermano y el hermano (menor) fue a la casa de las señoritas reposteras y buscó la torta y se regresó inmediatamente en dirección de su casa, como le había dicho Mercedes que hiciera y por eso le iba a dar un real o un real y medio; pero el hermano (¿cómo se llama? ¡Bueno!) se detuvo en la Iglesia para ver un entierro –¡con la torta en la mano!– y cuando el cura terminó siguió con la gente del entierro hasta el cementerio, y una vieja que lo vio llamó a su casa por teléfono y le dijo que (Simón se llama) Simón andaba con una torta en un entierro, o que andaba en un entierro con una torta y que por eso la llamaba para que supiera. Entonces la mamá de Mercedes pasó hecha una fiera por la esquina caliente y le preguntó a Gustavo Julio (ella quiere mucho a Gustavo Julio) por Mercedes y él le dijo que no sabía dónde estaba aunque sí sabía porque él le pidió que fuera a la casa de las “toritas” y las invitara a la fiesta, y la mamá le contó lo que le había dicho la vieja cotorra y lo que ella suponía de todo el asunto del hermano (menor) para que fuera a buscar la torta a la casa de las señoritas reposteras; también le dijo que quién se iba a comer una torta que había andado en un entierro, contaminada –es posible– con la probable tuberculosis del muerto.
            —¡Pronto una infección! —comentó El Perico, muy serio, por encima del hombro de
Elio. ¿Por qué no?
            —Y por qué tiene que ser tuberculosis —dice Gustavo Julio. A lo mejor se murió de un remordimiento y ahora dicen que es tuberculosis, ¿por qué?
            —Casi siempre es tuberculosis —ha dicho El Perico, asomándose otra vez por encima del hombro de Elio—. Esa gente se muerte así.
            —¿Cuál gente? -pregunto yo.
            —Sí, es verdad —Elio ahora—, no sé por qué, pero siempre se mueren así, de tuberculosis o algo parecido.
            —¿Quiénes son los que se mueren? —insisto.
            —¿Cuál catarro? —dice El Perico—. Mirá Elio, este dice que fue un catarro.
            Llegó Juancho muy agitado con el cuento del hermano de Mercedes; que la mamá ha
bañado en alcohol a Simón y ha tirado la torta en el pote de basura. También nos dijo que Mercedes contó en casa de las “toritas” lo que pasó y que el señor Toro les ha prohibido ir a la fiesta.