domingo, 3 de abril de 2016

La carretera, de Nelson Himiob (capítulo 1)


Las colonias

Inquietud




Desde temprano corre el rumor con insistencia. En todos los rostros hay contracciones de inquietud y en algunos se abren grandes ojos lentos bajo los pliegues tenues de las frentes amarillosas. A cada momento se forman grupos que conversan en voz baja, acompañando las palabras con ademanes rápidos.
Alguien dijo que una parte de los ciento ochenta y siete estudiantes que nos encontramos detenidos en Las Colonias, sería destacada con rumbo incierto. El dicho se prendió en la totalidad, usurpando el sosiego de los cerebros. Saltando de boca en boca sufre transformaciones, a veces ventajosas, colmadas de esperanza, y otras alarmantes, matizadas de terror.
La minoría opina que se trata de la libertad de los estudiantes de bachillerato, declarados, por Gómez, irresponsables. Los más optimistas creen que se irán unos cinco o seis compañeros en representación de los detenidos, para conferenciar con el Tirano en su ciudadela de Maracay y la mayoría no cesa de repetir que serán separados, para confinarlos en La Rotunda, los estudiantes más peligrosos, según el pensar de la Dictadura.
Tumbado en mi cama de campaña, con la cabeza apoyada en el hueco de las manos entretejidas sobre la almohada, y mirando fijamente el techo rústico, trabajo con la imaginación.
Hace dos meses me prendieron. Fui introducido junto con nueve compañeros en uno de los calabozos que están en el piso alto del cuartel de policía. Allí permanecimos unas treinta horas, al cabo de las cuales nos hicieron bajar al patio donde encontramos al resto de los universitarios detenidos. Pasaron la lista reglamentaria y luego nos hicieron salir a la calle, uno, a uno. Cuando me tocó mi turno y ya pisando el umbral del recinto, observé que cada compañero se hallaba entre dos soldados y que la tropa se extendía en una sola fila a lo largo de la calle. Yo entré a formar en la mitad de la hilera. Tanto la esquina de San Francisco como la esquina de Las Monjas se encontraban plenas de gente que miraban la escena con ojos de espectador interesado. Sin duda que ninguna compañía de dramas o comedia les hubiese ofrecido un espectáculo más atrayente. La decoración era magnífica: árboles, automóviles solitarios y edificios majestuosos. Los personajes despedían singular interés: un batallón en traje de campaña, numerosos policías y un grupo de estudiantes presos. Y todo auténtico. Por eso las miradas se aguzaban para burlar la distancia y atrapar los menores movimientos del conjunto escénico. Cuando la totalidad de los compañeros se encontraba en la calle. No sé por qué imaginé que hacia falta algo para completar la intensidad del cuadro, y ese algo era la salva de aplausos con que las gentes debían premiar el maravilloso trabajo de los actores.
            Yo quedé entre dos soldados paliduchos que me escudriñaban detenidamente. Procuré disimular mi nerviosidad encendiendo un cigarrillo y mientras lanzaba algunas volutas de humo con aparente calma, observaba el aumento de los espectadores en las esquinas.
            Una fuerte voz me hizo caer el cigarrillo:
            ―¡Atención! ¡Carguen!
            Los soldados, automáticamente, evolucionaron en los máuseres.
            ―Al hombro... arrr!... ¡De frente... marrr!
            Partimos, dirigiéndonos hacia el Sur. De la muchedumbre, estacionada en la esquina de San Francisco brotó un hombre que, deteniéndose a la orilla de la acera, se quitó el sombrero respetuosamente. Era el conserje de la Universidad.
            Al llegar a la esquina de Pajaritos, el compañero que iba delante de mí, dijo:
            ―Vía La Rotunda.
            Yo aprobé en silencio.
            Pero llegamos a La Palma y torcimos a la izquierda. ¿Se habían equivocado quizás? ¿O tal vez, obedeciendo órdenes superiores, nos pasearían por la capital, antes de llevarnos a la cárcel, para demostrarle a los venezolanos que la Dictadura era capaz de violar impunemente, a la vista de todos, las más elementales garantías ciudadanas? Era posible. Mas no estaba dentro del habitual proceder de Gómez. ¿Hacia dónde iríamos, pues? Y el recuerdo del traqueteo de los máuseres a la voz de “¡carguen!”, inició un leve erizamiento en mi piel.
            Era probable que nos condujesen a una plaza y allí agujereasen nuestros pechos con una descarga cerrada.
            Tal pensamiento terrible fue tomando cuerpo en mi imaginación encendida.
            Sí, era casi seguro que nos llevaban a la muerte.
            Y no quedaba otro recurso que esperarla con serenidad.
            Experimenté cierto desprendimiento de la vida causado por una profunda resignación. Y dije al soldado que iba delante de mí, y que constantemente movía el máuser, amenazando estropearme el rostro con la punta del cañón:
            ―Oiga. Aprenda a cargar el máuser. No sea bestia.
            El soldado volvió la cabeza y por sus ojos pequeños cruzó una lucecilla de cólera. Después apresuró el paso, colocándose a una distancia suficiente para no tropezarme con el arma.
            Desde las aceras, una multitud de hombres y muchachos nos veían pasar, y en la caras de unos la palidez se hundía, y en los gestos de los otros se estampaba un asombro contenido.
            El compañero que me precedía en la fila me dijo, en tono bastante elevado, para que lo oyeran todos:
            ―Caray, mi vale; este paseo cívico-militar ha debido ser anunciado en la prensa con un letrero que dijera más o menos: Exhibición gratis de osos jóvenes y circunspectos cazados en la selva de la Universidad. No acercarse a los animalitos que son peligrosos. ¡Cuidado con las uñas!
            Algunos rieron el chiste. Otros miraron a su creador con ojos estupefactos.
            Luego seguimos en silencio. Mientras tanto, la idea del posible fusilamiento se me adentraba cada vez más, enfriándome la espalda con un hilillo de temblor que me corría de la nuca a los pies.
            Al fin cruzamos Los Caobos, tomando la carretera del Este. El pensamiento lúgubre huyó por completo, y cierto sosiego hizo presa de mi mente, haciéndome urdir concepciones optimistas. Así, imaginé que un uno de los pueblecitos cercanos, Chacao probablemente, subiríamos a un tren que nos conduciría a cualquier puerto, de donde saldríamos rumbo al destierro. Semejante idea no tardó en ser desechada al ver que no nos deteníamos en ninguna parte.
            Al llegar la noche entramos a Petare. Dormimos en el cuartel de policía, mojados por el aguacero que nos asaltó en el camino. Muy de mañana continuamos la marcha, que no paró hasta Guarenas, donde nos detuvimos extenuados por la larga distancia recorrida y por el sol intenso que, durante ocho horas, se cernió sobre nuestros cuerpos sudorosos. A los días no completos de descanso, partimos de nuevo, con una noche negra y una llovizna helada.
            Después de mucho andar, trepando cerros babosos, cruzando arroyuelos, saltando peñascos, y tropezándonos a cada momento, entramos a esta vieja casona cuando de la luna solo quedaba una sola puntita que luchaba contra la claridad creciente.
            Los recuerdos, al llegar aquí, son desalojados por la inquietud que, laborando en lo inconsciente, otra vez ha impregnado mi espíritu.
            Y obsesionado por el rumor, cuyo zumbido percibo en la atmósfera, transitan por mi mente los rasgos resaltantes de muchos compañeros ―que serán los destacados, según mi parecer― y experimento cierto gozo en irlos acomodando en una fila rígida, que gira a la derecha o a la izquierda, obedeciendo socarronamente las órdenes de algún oficialillo pálido y la fila se va agrandando, agrandando, y nuevos rostros cansados se alinean y dejan caer sonrisas despreciativas que se hunden en la serenidad espesa del mediodía. Y esa imagen, honda y ténebre. Se va apagando, disolviendo con lentitud, para ceder el puesto a otra, hermosa y fresca, de un árbol robusto, gigantesco, con el tronco hinchado y las hojas muy verdes. Y también el árbol comienza a desvanecerse.
            El sopor me invade, me agobia. Y cuando en mi cerebro todo es bruma, pienso de pronto que tal vez me hagan abandonar este sitio. Entonces, así, con los ojos cerrados, voy construyendo el local que, tenemos por cárcel. La sala, donde estamos treinta y es conocida con el nombre de “Los Capacheros”, por desarrollarse allí continuas reyertas interestudiantiles, dado el carácter un poco agresivo y jacarandoso de casi todos sus ocupantes. El aposento vecino, más pequeño pero más fresco, designado por sus mismos habitantes con un nombre procaz que expresa humildad y tontería, calificativo puesto ex-profeso para molestar a los de la sala. Los cuartos que están al otro lado de la puerta de entrada, donde moran, principalmente, los futuros bachilleres, quienes tienen que soportar con estoicismo los furores religiosos de un compañero místico, rezador de rosarios interminables. Y afuera, en el solar, “La Tienda Roja”, llena hasta desbordar y desordenada como ninguna; “La Bomboniere”, con dos largas hileras de camas pulcras que incitan al sueño; “Mon Bijou”, de lonas muy blancas y de habitantes, en extremo cuidadosos de sus ropas y de sus comodidades, que con las encomiendas que reciben de sus casas forman ágapes exquisitos y silenciosos; y “El Comando”, o sea la cocina de la casa, el sitio más estrecho e inhospitalario que pueda concebirse, donde duermen apretujados cinco o seis.
            Ahora me sumerjo en los menudos hechos sucedidos los días anteriores, y, al revivir los pormenores de algunas escenas, se aleja un poco la somnolencia que me arrastra. Y permanezco lúcido, despierto totalmente, por varios minutos. Hasta que torno a sentir cierta laxitud, mucha pereza para iniciar movimientos.
            Las imágenes, que brotaban claras al principio, se insertan unas en otras, produciéndome una confusión de recuerdos que poco a poco va cediendo, hundiéndose bajo el peso del sueño fuerte, ancho.

Por la autopista anaranjada, de Humberto Mata





para Silvio Arta

Cuando el hombre llegó al pueblo triangular ya el cabello rozaba sus hombros y el silencio era su lenguaje. Apareció una tarde de nubes que tenían el color del plomo, alguien dijo, y caminó por la plaza central, a los lados del árbol multiforme, con la cabeza como si contara los pequeños pozos y las manos blancas, delicadas, ocultas en los bolsillos del pantalón único, abombado, con pliegues al lado de la relojera. Contestó, temeroso, un saludo indiscreto, con un movimiento inconcluso desde el cuello hasta los ojos hundidos y la cara lampiña que alguna vez fue suave y ahora arrastraba las manchas producidas por el sol, los pliegues de una vejez sin edad, de un tiempo indeciso, flotante, y "luego se alejó, por la calle adyacente, hasta perderse en la oscuridad brumosa del atardecer con lluvia. Una música de voces y cuerdas llenó la plaza, los asientos rectangulares, la estatua.

All the lonely people,
where do they all come from?

La señora de la esquina rosada, la que vende alfileres y botones morados y de todos colores, menos azul eléctrico por estética, por dignidad, por recuerdo, lo vio pasar sudoroso, maloliente, repugnante, con el cabello pegajoso que le caía sobre los hombros redondos, la espalda curva y la camisa de cuadros, con mangas hasta las muñecas, que dejaba desnudas unas manos delgadas, huesudas, blancas, de dedos largos que recorrían la melena sucia, brillante en la oscuridad próxima, en el declinar de la tarde uniforme. Ella lo vio desaparecer hacia los sitios mágicos del pueblo, detrás de las últimas calles de barro, silencioso, distante, empapado, mientras se acodaba sobre el concreto saliente de la ventana herrumbrosa, desgastada, de la tienda de quincalla.

Waits at the window, wearing the Cace that she keeps in a jar by the door, who is it for?

Después (algunos opinan desde siempre) la presencia del hombre se transformó en algo normal, repulsivo por el olor a orina pero normal cotidiano: quizás hasta necesario en un pueblo que vive de recuerdos y conmemora batallas. Entonces lo veíamos: en un asiento de la plaza, en los juegos de pelota, en las reuniones nocturnas. Lo observábamos, con indiferencia, con respeto oculto, cuando se sentaba, con su interminable olor a orina, cabizbajo, siempre empapado, con los ojos castaños extrañamente impasibles, casi tan suaves como sus manos sin callos, algunas veces en los asientos rectangulares bajo una lluvia lenta y persistente que le record.aba a la mujer de la esquina rosada (que luego murió por fastidio, ahorcada), la tarde que lo vio pasar descalzo y dirigirse hacia el cementerio y volver el otro día y todos los días desde entonces hasta llegar al banco, enfrente de la estatua, y esperar con los ojos hundidos, silencioso, solitario.

no one come near

Así, en una espera indescriptible, pasaron los años del hombre lampiño, extremadamente delicado, hasta que una mañana, blanca por la niebla blanca, el mismo día que, horas más tarde, en el crepúsculo, descolgaron a la mujer de la quincalla, lo encontraron en la acera de la esquina rosada, temblando sobre el suelo, con los ojos más ausentes que nunca y las facciones rígidas. Alguien, que ahora nadie recuerda pero todos conocen, después de observar al hombre largamente, con curiosidad inusitada, como si acabara de descubrir algo, lo llevó, en un ocho cilindros, por la autopista anaranjada, hasta la ciudad, el hospital blanco, los olores a formol y éter, las caras pálidas siempre esperando. Allí, en la sala rectangular, bajo dos mil voltios convertidos en luz, despojaron al hombre de la camisa de cuadros y el pantalón abombado, y observaron dos senos que caían, como pequeñas gotas en un vidrio vertical, y un sexo receptor, marchito como todo el cuerpo que otra vez esperaba, la espalda sobre la fría camilla, con los ojos hundidos y las manos colgantes hacia el suelo, con un silencio más allá de todo silencio y las uñas largas llenas de tierra. Y no sé por qué en ese momento, al lado de la mujer tendida, recordé una película, un carruaje por una montaña que amanece y unas caras blancas, falsas, de magos y espías.


Publicado en Pieles de leopardo (1978). Monte Ávila Editores, Caracas.

viernes, 18 de marzo de 2016

La fiesta


de David Alizo
publicado en Griterío (1968)



ESTA TARDE, después del colegio, me encontré con Mercedes. Me ha dicho que los muchachos de la esquina caliente están preparando una fiesta en su casa, para el sábado próximo. Me dijo que Juancho anda recogiendo cinco bolos por cabeza para comprar las bebidas y pastelitos (los de Herminia, la de la Avenida Páez, son los mejores) y frutas para hacer una tisana, además de un poco de otras cosas que sean necesarias para la fiesta del sábado próximo. Mercedes anda como loca, para arriba y para abajo, avisándole a todo el mundo; pero si Juancho no cobra los cinco bolívares, la fiesta no va a resultar.
            Yo le pedí a Mercedes que me enseñara la lista de los invitados, no porque me interese
saber quiénes van y quiénes no van, sino porque quiero ver si las “toritas” están en la lista, Marujita especialmente porque la Elsa es como fofa (inconsistente), en cambio Marujita… No es que yo tenga algo en especial contra la Elsa, pero es que siempre es tan asomada, hablando de su papá, de las Selecciones del Reader’s Digest, de ella cuando estaba pequeña que decía perióquido y piscología y otras cosas parecidas a perióquido y piscología. Además, Gustavo Julio me dijo que el domingo pasado había ido por su casa y ella y que le dijo que no podía hablar con él porque estaba oyendo las carreras de caballos con su papá, el señor Toro (también oye los juegos de baseball y el boxeo y la lucha libre cuando la trasmiten por radio), porque el señor Toro siempre anda con el papel del 5 y 6 en la mano, toda la semana, y los sábados cuando uno sale del cine o de una fiesta el señor Toro está pegado a la casilla donde sellan los cuadros, oyendo los últimos datos de última hora, de último momento, porque le parece que si no espera hasta el último momento no va a ganar. Pero yo nunca he oído que el señor Toro ganara alguna vez. Tío Arnoldo  –que es un loco– dice que el 5 y 6 pone ciega a la gente y la vuelve bruta para toda su vida y es en lo único que está de acuerdo con papá o papá con él, porque yo oí que una vez le dijo a mamá que eso era una estupidez y tío Arnoldo agregó algo como alineados (no exactamente alineados; él dijo: solo juegan los alienados).
            Mercedes me dijo que no cargaba la lista.
            —Pedíselá a Juancho —ha dicho, y me dejó porque andaba apurada con no sé qué lío de una torta y su hermano.
            Yo salí disparado inmediatamente para la esquina caliente. Luis estaba con Gustavo Julio y con El Perico y con Elio. Eran las cinco de la tarde.
            —Vi a Mercedes —dije por decir algo o por decir algo para ver qué me contestaban. Pero se me acercó Luis ronroneando como un gato bravo.
            —Dejá los chistecitos —me dijo, y se me acercó, creo, no con muy buenas intenciones—. La Ramírez es asunto mío.
            Elio me miró y dio un paso hacia nosotros y comenzó a contamos lo del hermano de Mercedes con la torta de cumpleaños, y aunque la cosa es para reírse no deja de ser lamentable, porque si la mamá de Mercedes se enfurece creo que no habrá fiesta, por lo menos este sábado. Elio dijo que a Mercedes le había encargado su mamá ir a buscar una torta donde las señoritas reposteras que viven al lado del Edificio Suerte, donde está la farmacia del papá de Esteban; pero como ella anda como loca con la fiesta del sábado próximo, para arriba y para abajo, avisándole a todo el mundo, como para simplificarle el trabajo a Juancho (o no para simplificarle el trabajo porque alguien tiene que avisarle a las muchachas e invitarlas como debe ser), mandó al hermano y el hermano (menor) fue a la casa de las señoritas reposteras y buscó la torta y se regresó inmediatamente en dirección de su casa, como le había dicho Mercedes que hiciera y por eso le iba a dar un real o un real y medio; pero el hermano (¿cómo se llama? ¡Bueno!) se detuvo en la Iglesia para ver un entierro –¡con la torta en la mano!– y cuando el cura terminó siguió con la gente del entierro hasta el cementerio, y una vieja que lo vio llamó a su casa por teléfono y le dijo que (Simón se llama) Simón andaba con una torta en un entierro, o que andaba en un entierro con una torta y que por eso la llamaba para que supiera. Entonces la mamá de Mercedes pasó hecha una fiera por la esquina caliente y le preguntó a Gustavo Julio (ella quiere mucho a Gustavo Julio) por Mercedes y él le dijo que no sabía dónde estaba aunque sí sabía porque él le pidió que fuera a la casa de las “toritas” y las invitara a la fiesta, y la mamá le contó lo que le había dicho la vieja cotorra y lo que ella suponía de todo el asunto del hermano (menor) para que fuera a buscar la torta a la casa de las señoritas reposteras; también le dijo que quién se iba a comer una torta que había andado en un entierro, contaminada –es posible– con la probable tuberculosis del muerto.
            —¡Pronto una infección! —comentó El Perico, muy serio, por encima del hombro de
Elio. ¿Por qué no?
            —Y por qué tiene que ser tuberculosis —dice Gustavo Julio. A lo mejor se murió de un remordimiento y ahora dicen que es tuberculosis, ¿por qué?
            —Casi siempre es tuberculosis —ha dicho El Perico, asomándose otra vez por encima del hombro de Elio—. Esa gente se muerte así.
            —¿Cuál gente? -pregunto yo.
            —Sí, es verdad —Elio ahora—, no sé por qué, pero siempre se mueren así, de tuberculosis o algo parecido.
            —¿Quiénes son los que se mueren? —insisto.
            —¿Cuál catarro? —dice El Perico—. Mirá Elio, este dice que fue un catarro.
            Llegó Juancho muy agitado con el cuento del hermano de Mercedes; que la mamá ha
bañado en alcohol a Simón y ha tirado la torta en el pote de basura. También nos dijo que Mercedes contó en casa de las “toritas” lo que pasó y que el señor Toro les ha prohibido ir a la fiesta.


lunes, 14 de marzo de 2016

El episodio del nostágico

de José Antonio Ramos Sucre




Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.
La nieve esmalta la ciudad extranjera.
La luna prende un fanal en el tope de cada torre.
Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.
Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.
Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.
Duda si era su padre el caballero difunto.
Nunca lo vio sonreír.
Sacaba, a veces, un medallón vacío.
Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.
Nadie consigue entender el mecanismo.
He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.


lunes, 7 de marzo de 2016

Ah rigor

de Ramón Palomares 
 
 
a Luis García Morales 
 

No pues no vaya a creer Y cómo no me voy a acordar
Tanta noche con luna! Tanta guitarra! Y las ventanas perfumadas 
y vos llena de lirios Y los lirios en un decir
                                      Amor!"
Todos los árboles de la plaza Los bancos de la plaza La iglesia 
los caminos
                El pozo Albor... 
Oíme Oíme
Yo siempre estoy pendiente:
                —Dónde estará Qué estará haciendo Se acordará de todo?
                ¡Ah rigor!
 
  

(Adiós Escuque, 1968-1974) 




viernes, 26 de febrero de 2016

La bestia

de Arturo Uslar Pietri






                        ...Tracatrán... Tracatrán... Tracatrán...
            Aquel ruido adormecía, acunaba. Se perdía la noción de ir sobre los rieles a una velocidad exagerada. La noche vista por el ventanillo era una e inamoble. Era como estar suspendido en el aire.
            ...Tracatrán... Tracatrán... Tracatrán...
Federico Sumercé iba adormecido en la butaca. Llevaba ocho meses de trotamundos y la indigestión de los paisajes le había causado una modorra espiritual.
            De pronto un gran baño de luz y un pito estridente.
            Se incorporó. Había llegado.
            El andén estaba lleno de gente, esa gente impersonal que parece destinada solo a completar muchedumbres. Paseó una mirada desesperada por todo aquello, una mirada que era un bostezo de los ojos. Nada interesante, nada que hiciese sostener los músculos en su trabajo de posición vertical.
            Pero allí, sostenido en un pilar, había algo que sí lo sacudió.
            Era un cartel de colores definitivos: rojo, negro, amarillo; en la parte superior un soldado empuñaba un fusil prolongado de bayoneta, en una actitud bélica bastante fácil; debajo, en grandes letras, decía: «Alístese en la Legión Extranjera. Es tal vez la única oportunidad que se le presente en su vida de realizar sus sueños de gloria y heroísmo. Acuda al jefe de movilización».
            Mientras los mozos descargaban su equipaje se le había ido grabando en el cerebro el letrero. Después, dentro del coche, rumbo al hotel, iba rumiando aquello.
            Era, indudablemente, cosa de estúpidos dejarse sugestionar por aquel cartelito. Dejarse matar por una patria, por una idea, por unos móviles que no eran suyos ni le interesaban siquiera. Ocupar el puesto de los que debiendo ir no iban. ¡Absurdo! ¡Absurdo!
            Sin embargo, al entrar al hospedaje no pudo resistir; al primero que topó le soltó a quemarropa:
            —Tenga la bondad de decirme, ¿hay muchos en la Legión Extranjera?
            —Más o menos mil, señor.
            Se fue riendo. Mil bienaventurados, mil hombres-niños, que todavía jugaban a los muñecos: el muñeco del honor, el muñeco de la civilización, el muñeco de la justicia. No obstante se sobresaltó. ¿Por qué tanto interés?, ¿para qué ocuparse tanto de aquello que sabía que no lo afectaba en nada? ¿De aquello que él comprendía imposible, grotesco, idiota?
            Desechó la idea, la corrió de la bóveda del cráneo. Al fin se iba, se fue, ¡qué tranquilidad!
            Encendió un cigarrillo por hacer algo.
            Al arrojar la cerilla, la mano se le movió con un movimiento raro, reflejo, rebelde.
            Se le había movido la mano; él no había hecho nada para moverla, había sido aquella mano sola, sola, ¡sola!...
            ¿Acaso no gobernaba sus músculos? ¿Por qué, pues, aquella anomalía?
            Se inquietó. Quizá no tenía todo el dominio de sus fuerzas.
            La fantasía se le desbordó como un oleaje.  ¡Horrible! ¡Horrible! Aquella mano se había movido sola, también podría hacer lo mismo el brazo, y el tórax, y la cabeza, y las extremidades. Podrían ponerlo en marcha, y hasta, acaso, llevarle a poner su nombre en aquel prólogo de tragedia que anunciaba el cartel pintarrajeado.     
            Todos los estúpidos resortes que gobernaban su mecanismo podrían… podrían… pero no, era únicamente exceso de imaginación. Él tenía el dominio, era el jefe de todos ellos, mandaba y le obedecían.
            Quiso ensayar:
            —A ver. ¿Queréis llevarme a alistar? Pues bien, no quiero... no... no...
            A pesar de todo le pareció que se había movido. ¿Sería posible?
            Comenzó entonces a rugir:
            —¡No! ¡No! ¡¡Noooo!! ¡¡Nooooo!!
            Y conforme se excitaba creyó ver que era mayor la actividad de insurrección de todo su organismo.
            Aquellos músculos lo empujaban, lo retenían, lo llevaban maniatado de ligaduras. Se debatió para arrojar aquel monstruo que le oprimía, le ahogaba, le iba apagando la última palpitación, debía ser igual la sensación de los buzos apresados, los pulpos, estaba extenuado. Ya no podía luchar.
            Sentía que su voz interior se le iba apagando.
            —Nooo... Noo... No... N...
            Llegó a ser imperceptible, había que esforzarse por sentirla, ya era solo el eco de ella lo que sonaba en e1 tímpano, era como el canto de un grillo perdido en una lejanía larga...
            —La imaginación comenzó a poblarle el espíritu de imágenes desusadas. Sobre un mar de menta un barco ostentaba todo el velamen extendido. El barco estaba inmóvil como si hubiese encallado en lo profundo. Pero empezó a llegar el viento y a palmotearle en las velas, y un cabeceo pesado le tomó todo el casco. Pero la nave no quería moverse, la nave no, bien lo
comprendía, quien no quería moverse era él, pero en aquel maldito velamen, que se aplanaba vertical sobre su lomo hueco de madera, el viento hacía fuerza con su cabeza poderosa. ¡Ah! La fuerza terrible del viento.
            Después le pareció un manchón confuso, vibrante, indefinible, una especie de nube polícroma que venía agigantándose como desde el hueco de una vorágine y ascendía sobre él con una rapidez espantosa, llególe a los ojos y se le metió en la comba de las pupilas y ya allí dentro, como bailando una zarabanda loca, aparecieron unas letras, unas letras fatales que decían: «La legión extranjera».
            Se borró repentinamente todo y quedó sumido en un vacío blanco, de ese blanco impreciso que queda cuando se apagan todos los colores. Solo en los oídos le lamía persistente un silbido opaco, lento.
            Empezó a ver calles oscuras, en las que la luz de los faroles era como una moneda sucia en una mano negra.
            Pasaban las calles, comenzaban las calles, muchas gentes venían a tropezar en sus hombros con un sonido sin eco.
            Súbitamente se le encimó una puerta grande, una puerta ardiente en luces, y como incrustadas en el marco de ella dos figuras vivas, dos figuras que eran las mismas del cartel del
andén.